Ahora que las organizaciones se adentran en la temporada de huracanes del Atlántico de 2026, es comprensible que gran parte de la atención se centre en las previsiones, el seguimiento de las tormentas y las perspectivas estacionales. Sin embargo, es posible que uno de los mayores riesgos de este año no sea precisamente un patrón de tormentas activo, sino la falsa sensación de seguridad que puede surgir cuando la actividad catastrófica parece estar en calma. 

La historia ha demostrado que los períodos de calma pueden ser engañosos. Aunque la falta de actividad al inicio de la temporada suele infundir la confianza de que lo peor ya ha pasado, el riesgo de catástrofes no desaparece durante los períodos más tranquilos. En muchos casos, evoluciona, cambia y reaparece de formas inesperadas. 

Esa fue una de las lecciones más claras que nos dejó el año 2025. A primera vista, el año pasado pudo parecer menos convulso que las últimas temporadas de catástrofes. La actividad huracanada generó menos episodios de marejada ciclónica y un menor volumen de reclamaciones que en algunos años anteriores. Sin embargo, la actividad catastrófica no cesó. Por el contrario, las organizaciones se enfrentaron a un flujo constante de perturbaciones provocadas por una amplia gama de sucesos que se produjeron en diferentes regiones y a lo largo de todo el año natural. 

En muchos aspectos, la historia de 2025 no tuvo nada que ver con los huracanes. Las tormentas convectivas severas, las inundaciones, las condiciones meteorológicas invernales, los incendios forestales y otros riesgos secundarios representaron la abrumadora mayoría de las pérdidas por catástrofes. Según el «Catastrophe Season Playbook 2026» de Sedgwick, los riesgos no relacionados con los huracanes representaron el 99 % de las pérdidas aseguradas en 2025, lo que pone de relieve hasta qué punto ha cambiado el panorama de las catástrofes. 

Este cambio pone de relieve un reto al que siguen enfrentándose muchas organizaciones. La planificación ante catástrofes se ha centrado históricamente en los grandes huracanes y en períodos de actividad intensos. El panorama actual de riesgos es diferente. Los fenómenos se producen en lugares inesperados, afectan a regiones que tradicionalmente no se consideraban propensas a las catástrofes y provocan perturbaciones fuera de las temporadas altas históricas. 

Al mismo tiempo, el ritmo de las catástrofes sigue acelerándose. Durante la década de los 80, se producían desastres meteorológicos que causaban daños por valor de mil millones de dólares aproximadamente cada 82 días. En 2025, el intervalo medio entre desastres de mil millones de dólares se había reducido a tan solo 10 días. El resultado es un entorno de riesgo más persistente, con menos tiempo de recuperación entre un suceso y otro y una mayor presión sobre las organizaciones, los socios de respuesta y las operaciones de gestión de siniestros. 

Por eso, un comienzo tranquilo de la temporada puede resultar problemático. Cuando la actividad catastrófica parece moderada, los esfuerzos de preparación pueden perder impulso. Es posible que se reasignen los recursos. Los planes de respuesta pueden quedar sin poner a prueba. Las organizaciones pueden dar por sentado que disponen de más tiempo del que realmente tienen.

Pero la preparación ante catástrofes no es algo que se pueda poner en marcha de la noche a la mañana cuando se vislumbra un suceso grave en el horizonte.

Como señala Andy McCallum, vicepresidente de Operaciones Especializadas de Sedgwick, en la guía «2026 Catastrophe Season Playbook», los periodos de calma nunca duran mucho y, a menudo, dejan a las organizaciones con muy poco tiempo para reaccionar cuando cambian las circunstancias. Una preparación que se posponga hoy puede convertirse mañana en un importante reto operativo. 

La realidad es que la preparación ante catástrofes ya no se centra tanto en predecir la próxima tormenta como en desarrollar la resiliencia ante un entorno cada vez más impredecible.

Las organizaciones deben estar preparadas no solo para los huracanes, sino también para una gama más amplia de fenómenos meteorológicos y catástrofes que siguen redefiniendo el panorama de riesgos. La cuestión ya no es si se producirán catástrofes, sino si los modelos de respuesta, los recursos y los planes operativos están preparados para la forma en que está evolucionando el riesgo de catástrofes. 

A medida que avance la temporada de 2026, las organizaciones más eficaces no serán aquellas que se limiten a seguir de cerca las previsiones. Serán aquellas que aprovechen cada periodo de calma como una oportunidad para evaluar su grado de preparación, reforzar sus capacidades de respuesta e identificar posibles vulnerabilidades antes de que se produzca un suceso. 

Una temporada de catástrofes tranquila no debe confundirse nunca con una temporada de bajo riesgo. En el contexto actual, la preparación sigue siendo el factor más importante para predecir la resiliencia.

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